martes, 2 de febrero de 2010

Universidad, ¿una nueva brújula?

La universidad y la cultura son términos que están en nuestra sociedad íntimamente ligados en tanto la primera es el lugar donde se construye la segunda. Sin embargo, en la práctica, estos conceptos no armonizan adecuadamente, y este problema comienza por un equivocado concepto de cultura, por el cual es vista como expresiones artísticas. Esta visión reduce el espectro de acción de la universidad en relación a la cultura.

¿Entonces qué es la cultura? Término difícil de definir, sin embargo podemos decir que la actividad cultural no se limita solo a expresiones artísticas. La cultura está relacionada con los más diversos aspectos de la vida individual y social de los miembros de una comunidad, indistintamente de la diversidad de etnias o creencias. ¿Qué papel, entonces, habría de corresponderle a la universidad? Charles S. Peirce indica “que la universidad está para aprender y solucionar problemas, no para instruir ni facilitar el éxito económico de los alumnos”. Quiero volver sobre el origen del término universidad: viene de uni-verso, de 'versión-una', esa vuelta total que es una precisamente no como lo absoluto y determinado, sino como una totalidad entendida desde la antropología filosófica, como categoría que expresa el sentido más general de la existencia del hombre.

Una característica importante de la institución universitaria en su rol social es el de ser mediadora en la construcción de cultura, como corresponde a todo proyecto educativo. La universidad debe reforzar la identidad cultural como heterogénea, es decir recalcar la diversidad. Es necesario resaltar que con esta nueva postura la universidad sería como un 'sitio de cultura', como lo que permite 'ponerse en', no en entendido como lugar fijo, sino como trayectos que ponen en relación con los distintos aspectos de una sociedad. Esto haría de la universidad una 'tarea', como proceso dinámico de autoconstrucción, como punto móvil de identificación que en la vida cotidiana conjuga lo global con lo local.

A partir de lo anterior se desprende una nueva dimensión de la universidad: la de su papel como “conciencia de época”, que permite descubrir los límites y las posibilidades del momento que nos ha correspondido vivir. La universidad como mediadora no puede desconocer que somos seres históricos, que estamos en la historia y haciendo la historia; le corresponde conjugar el legado del pasado con la configuración del devenir. En consecuencia, se sitúa de manera privilegiada en un presente siempre en movimiento.

La universidad debe ser catalizadora del ejercicio responsable de cualquier actividad que se haga pública, lo que comúnmente denominamos profesión, pero no de manera profesionalizante, no encaminada a llenar cargos, a suplir las labores que el mercado requiere, sino por el contrario; como trabajo en el sentido amplio de la palabra, como producción, como creación humana. Así, somos profesionales porque pro-fesamos lo que hacemos, porque podemos dar cuenta, dar fe de lo que sabemos y producimos de manera autónoma. ¿No es esto lo que fundamenta nuestro proceso de decisión y en donde se arraiga nuestra voluntad? ¿Y no es ésta la base de la acción responsable, lo que nos permite responder por nuestros actos, dar cuenta de ellos? Y es a través de cada uno de los cargos que vamos a ocupar con la nueva formación y redirección de la universidad que podremos comenzar a cambiar la cultura. El cambio no vendrá desde un solo lugar, sino desde muchos lugares que se dirigen hacia el mismo punto.

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