martes, 2 de febrero de 2010

Blow up y Las babas del diablo


“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.”1 Algo parecido debió pasar por la mente de Antonioni cuando decidió, después de leer Las babas del diablo de Julio Cortázar, hacer una película basándose en una sola idea: un hombre –quizás sea más conveniente decir un fotógrafo- que captura en sus fotografías, por pura casualidad, un crimen que no descubre sino después, tras ver el resultado de su trabajo. Una idea genial que lleva a la anagnórisis (súbito reconocimiento de una verdad) tanto al personaje/ protagonista como al espectador/lector.

Después de ver la película proyectada en uno de los vagones de este tren, pensé que, definitivamente, Antonioni había creado, a partir de la célula del cuento de Cortázar, una obra cinematográfica plausible. Ambos usaron el mismo barro para hacer distintas esculturas, y no hay que restarle valor a ninguna de ellas: son independientes entre sí, a pesar del conector que las une. El guión de Blow up es un palimpsesto, una obra casi original. Se presenta a un fotógrafo, su vida y pasión por su profesión –cosa que no es descrita en el cuento-, se agregan personajes femeninos y masculinos, e incluso grupos curiosos como los mimos que abren y cierran el film y se cambia la forma del crimen: ya no se trata del joven del cuento de Julio Cortázar, sino de un hombre de mediana edad; y ya no hay hombre en el carro, sino una mano con una pistola escondida tras los arbustos.

El personaje de Thomas (película) es totalmente diferente al de Michael (cuento). Thomas es mucho más parco, pensativo, meticuloso y algo morboso – recordemos cuando siente un insistente deseo por ir a tomarle fotos al cadáver en el parque-. Su descubrimiento lo hipnotiza, pero no lo perturba. Parece interesarse de otra forma, mientras que Michael sí llega a horrorizarse: “… y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota”. El cuento, al carecer de diálogos, no aporta en nada al discurso de los personajes del film. De cualquier forma, considero que parte del discurso cinematográfico fue el silencio. Los parlamentos son breves, justos, precisos, y quizás la conversación más extensa que sostiene Thomas es con la mujer cómplice del asesinato.

El ritmo de la narración cinematográfica es lento, el día de Thomas transcurre ante nuestros ojos sin elipsis. Vemos absolutamente todo lo que hace durante el pasar de las horas y según sus acciones y actitudes vamos haciéndonos una imagen de él como personaje. No hacen falta los diálogos; cuando Thomas descubre el crimen ampliando las fotografías, nosotros, espectadores, descubrimos lo mismo que él al mismo tiempo que él, y nos asombramos y fascinamos a la vez, junto al personaje.

El misterio, el nunca saber cuáles fueron las causas de tal crimen, deja al espectador en suspenso hasta el último momento. También resulta intrigante Thomas y su actitud frente a la situación. Es él quien ha capturado de forma permanente un momento que a simple vista jamás habría percibido, y es él quien se ve envuelto por accidente en un evento que lo arranca de su vida cotidiana, de su rutina, y así, nos arranca a nosotros, los el Chatanooga-choo-choo, de la nuestra.



1 Julio Cortázar, Las babas del diablo, Las armas secretas.

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