lunes, 8 de marzo de 2010

Los piratas salvarán al mundo


La industria musical asegura estar en crisis ante la revolución de los métodos digitales. Las descargas electrónicas de música derivan en una notable disminución de las ventas de discos como unidades físicas lo que a su vez lleva a grandes pérdidas para las casas disqueras acostumbradas a centrar sus ganancias en este medio. Sin embargo, el panorama no es negativo como ellos lo plantean, lo que sucede es que no se están aprovechando las oportunidades que la explosión tecnológica ofrece. Paradójicamente, la decadencia de los medios físicos podría representar el auge de la industria fonográfica.

Los discos fueron por mucho tiempo la principal forma de distribución musical: primero los elepé, los cassettes y finalmente los discos compactos. Todos ellos fueron la base en la construcción del imperio de las corporaciones musicales. Con la llegada de mejoras en los medios digitales llegaron dispositivos portátiles como los pen-drives y sumado a esto la explosión del internet permitió el acceso gratuito a ese contenido al que antes solo se podía llegar a través del dinero. Básicamente, estos factores derivaron en el ocaso de las grandes disqueras y el comienzo de una lucha encarnizada contra la piratería. Pero hay algunas situaciones que no han sido analizadas como se debe. Ha sido precisamente la piratería la que ha logrado que la música llegue a lugares y personas con los que de otra forma jamás habría tenido contacto. Bandas como Archive, Broadcast y Flower Travellin’ Band no habrían sido escuchadas en un país como el nuestro sino fuera gracias a la descargas gratuitas y los programas P2P ya que nuestro mercado recibe todos los productos con meses incluso años y de retraso y en algunas ocasiones jamás llegan. Este escenario ofrece un sinfín de posibilidades. La más inmediata es la posibilidad de vender más productos relacionados a la bandas como camisas y llaveros, es decir merchandising. Otra oportunidad que debería ser aprovechada es la mayor concurrencia a los conciertos ya que existe una mayor cantidad de oyentes.

Las casas disqueras necesitan ajustar sus métodos de distribución para adaptarse a la portabilidad y digitalización de la música. Por otro lado, los precios de los discos compactos son excesivos en comparación con los costos de producción así que si desean seguir utilizando la venta de CD’s como fuente de ingresos importante deben bajar el precio para que sea más accesible y así aumentar el número de unidades vendidas.

El escenario está planteado y es cuestión de dejar de quejarse y comenzar a buscar alternativas que si bien pueden implicar cambios incómodos, pueden también llevar a mejoras históricas.

A Bao a Qu

A Bao a Qu
(Cuento)

Según Vanina, con cada escalón se creaba el monstruo.
Un pie en el primer escalón lo despertaba, un pie en el segundo lo hacía incorporarse, un pie en el tercero le daba forma… bastaba llegar a la mitad de la escalera para poder divisar ya su cuerpo semiconstruído e iracundo. De ahí en adelante continuar era una verdadera estupidez –o por lo menos así decía Vanina-, porque escalar pendiente arriba hacía que aquella extraña criatura se prendiera de los talones de quien estuviese subiendo, perfeccionándose con cada escalón, construyéndose, hasta que en la cima se completaba y era tan visible y palpable como cualquier miembro de la familia, y entonces solo quedaba correr hacia abajo para que el monstruo volviera a desarmarse escalón tras escalón, como un muñeco de plastilina, y convertirse en nada.

La escalera estaba ubicada en el segundo piso, lejos de los dormitorios y cerca del salón de juegos. Tito y yo pasábamos las mañanas y las tardes en la planta baja porque daba directo al jardín, al sol, a las abejas y a las lombrices gordas de color carne que metíamos en un tarro de pintura vacío. A mamá no le gustaba que saliéramos de casa porque traíamos con nosotros el calor y la tierra de afuera, aún así nos dejaba explorar el jardín y después, de forma rutinaria, limpiaba hasta el último recoveco de la casa. Casi no teníamos restricciones; mamá no nos prohibía nada, sólo subir las escaleras del segundo piso, regla que no nos atrevíamos a romper por culpa del cuento de Vanina.

Había algo en esa historia de niños que hacía que los quince escalones fueran una zona inviolable. No dudábamos de Vanina porque pocas cosas nos parecían imposibles, además nadie subía esas escaleras, ni siquiera para ver lo que había tras la puerta blanca que existía en la cima. En ese entonces Tito y yo creíamos que ni siquiera mamá sabía lo que había tras la puerta porque cada vez que le preguntábamos colgaba la mirada en algún espacio vacío. Su falta de curiosidad era comprensible, pero a Vanina no se la perdonábamos; tampoco le perdonábamos que nos encerrara todas las noches a las ocho en punto con las luces apagadas y nos obligara a dormir. Mamá se lo permitía –quién sabe, quizás se lo ordenaba- y al poco tiempo echaba el pestillo para que no pudiéramos salir hasta la mañana siguiente. Tito pensaba que lo hacía para que no subiéramos la escalera en medio de la noche, pero aquella prevención era innecesaria; nunca existió en nosotros tal ímpetu. A veces jugábamos a imaginar qué pasaría si la subiéramos juntos, sin mirar hacia atrás, sin retroceder un sólo escalón, pero no eran más que fantasías de niños que quieren ser valientes y correr un albur.

Además, los ruidos que a veces provenían de muy cerca de la escalera aniquilaban todo vestigio de curiosidad en nosotros; nos alejaban aún más de lo que estaba prohibido porque el monstruo, aunque invisible, existía en ellos, y cuando mamá o Vanina percibían esos ligeros rastros de su existencia golpeaban la pared del corredor y el ruido desaparecía. Luego actuaban como si no hubiese pasado nada, y claro que no pasaba nada; mientras ningún miembro de la familia subiera la escalera, mientras no hiciéramos preguntas impertinentes, mientras nos acostáramos a las ocho en punto, no pasaba nada. Tito y yo no desobedecíamos éstas pocas normas, no queríamos; dejábamos que las reglas nos protegieran, porque sin ellas nos sentíamos desamparados. Porque la tranquilidad, sin ellas, desaparecía.

Por eso, cuando una tarde Vanina se lanzó a las escaleras clavando los dedos en el pasamanos, con el rostro amenazante, y los gritos naciendo de su garganta para mamá, sólo para mamá, Tito y yo nos pegamos contra la pared y nos cubrimos los ojos. No queríamos ver lo que se venía; sabíamos que no superaríamos jamás la imagen del monstruo armándose con cada pie de Vanina sobre la escalera. Llorábamos porque teníamos miedo y porque mamá lloraba; porque mamá le rogaba a Vanina que no siguiera subiendo y ella levantaba la pierna y dejaba caer el zapato contra otro nuevo escalón. Nosotros no vimos nada, pero escuchamos los zapatos y el llanto, y el abrir de la puerta, y luego un sonido ronco que me hizo imaginar ver al monstruo desarmándose, escalón tras escalón.

domingo, 21 de febrero de 2010

Olfato para lo fantástico

Lo fantástico puede definirse como el momento de incertidumbre en una narración. Esto consiste en el instante en que el lector duda acerca de lo narrado; duda si es real dentro de la ficción, o una ficción en la ficción, o un sin número de posibilidades que dependen de la narración. Todorov dijo alguna vez que lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural. Necesita que el lector vacile, no sólo los personajes. Es aquí donde se produce la transgresión en el orden del discurso, pues lo fantástico requiere que haya un quiebre, un desajuste, y a partir de ese desajuste se da la incertidumbre y la vacilación.

Para entender lo fantástico en la literatura usaremos de ejemplo el cuento de Gogol, “La nariz”. La vacilación sucede casi al inicio y se extiende hasta al final, sin detenerse. El lector debe acoplarse a la extraña realidad ficcional de que alguien ha perdido su nariz y que ésta ha vuelto repentinamente a su rostro después de haber estado en el pan de un barbero. El lector tiene que decidir: o entrar en el pacto ficcional y asumir que esto de verdad está sucediendo, o sentirse engañado por el narrador de forma temporal y esperar a que en algún momento se desarrolle una explicación lógica y verosímil de los hechos. Sin embargo, tras unos cuantos párrafos, el lector se introduce en la realidad ficcional y acepta que una nariz está perdida. Lo mismo sucede con los personajes, quienes se asombran del hecho pero no se espantan; es más, se acoplan rápidamente a esta nueva realidad. La incertidumbre se encuentra en no entender cómo pudo haber sucedido tal cosa, ¿cómo puede esto ser verosímil? Y sin embargo, dentro de la ficción, lo es.

El absurdo y el sinsentido son el principio y el final, punto de partida y resultado. El mayor Kovaliov pierde su nariz, Gregorio Samsa se convierte en escarabajo, y no hay respuesta racional a estos acontecimientos. No obstante, ambos personajes forman parte de un entorno real, de un tiempo concreto, y repentinamente se encuentran ante lo inexplicable, ante el inevitable aprendizaje del sinsentido que aumenta gradualmente su intensidad tras cada contratiempo.


Y ahora, una lista de cuentos fantásticos del siglo XX, escritos por latinoamericanos:

jueves, 11 de febrero de 2010

A propósito de...


¿Qué es la ciudadanía? ¿Qué significa ser ciudadana o ciudadano? Existen, según Elizabeth Jelin, tres ejes claves sobre ciudadanía: En primer lugar, el debate ideológico que intenta definir la naturaleza de los “sujetos” que se van a considerar ciudadanos. En este eje se refleja la relación entre sujeto y colectividad. En segunda instancia, el debate teórico que examina el contenido de los derechos del ciudadano. Aquí se pregunta por derechos “universales” y se trata de aclarar la relación entre derechos humanos, civiles, políticos, económico-sociales, colectivos y globales. Y finalmente, el debate político determina las responsabilidades y compromisos propios de la ciudadanía.

Ser ciudadano o ciudadana implica poseer un sentimiento de pertenencia a una comunidad y obtener un reconocimiento de esa comunidad a la que se pertenece. Esto exige deberes y tiene derechos. No hay una única vía para convertirse en ciudadano. Adquirir una conciencia de ciudadanía se relaciona directamente con la politización del individuo, su entrada en una organización a gran escala. El proceso que implica salir a la esfera pública, de sentirse con derecho a estar en ese estrato, forma parte del proceso de construcción de una dimensión de la ciudadanía.

En principio parece claro que la realidad de la ciudadanía, el hecho de saberse y sentirse ciudadano de una comunidad, puede motivar a los individuos a trabajar por ella. Así, podemos ver que en el concepto de ciudadanía se encuentran dos cuestiones clave: un aspecto racional, según el cuál una sociedad debe ser justa para que sus miembros perciban su legitimidad, y un aspecto de sentimiento en tanto que la ciudadanía refuerza los lazos de pertenencia, de identidad.

El concepto de ciudadanía está relacionado íntimamente entonces con el concepto de comunidad. La comunidad como concepto y como realidad, se recupera en este nuevo escenario y se orienta a lograr la participación más adecuada, conjugando aspiraciones, demandas, intereses, voluntades, capacidades, aportes de sus miembros.


martes, 9 de febrero de 2010

Diálogos con la emoción, la locura y la vida



La vida es matemática caótica. Es decir, sigue un patrón, un desarrollo hasta cierto punto ordenado, que desemboca -para algunos dolorosamente- en lo absurdo. Ahora, ¿es posible que alguna obra de arte logre imitar la vida? Tal vez no, pero Pierrot Le Fou se le aproxima.
¿Cómo? Fácil. Encontramos una simple historia. Dos personas que se aman, se reencuentran después de cinco años, cada uno encerrado en un tipo de vida que dejan para permanecer juntos. Al tratar de sobrevivir en esta nueva vida, cometen acciones ilícitas, su relación se transforman en una fuga. Finalmente aparecen: traición, decepción, fatalidad, el final de la película.

Obviamente todo lo que transmite la película es imposible de resumir en esta historia, incluso de materializar en palabras. Esto es porque la cinta presenta brotes emocionales de toda índole. Encontramos: tomas intermitentes que enfocan pinturas y dibujos animados; una canción reiterativa colocada en escenas tristes o no, que -y esto sólo lo podrán juzgar quienes la han escuchado- simboliza la fatalidad, su permanencia e insistencia en la obra -¿la vida?-; diálogos y monólogos con tintes poéticos -aunque tal vez sea el idioma el que haga aparentar esta característica-. Estos recursos, combinados o aislados, y colocados de manera, hasta cierto punto, arbitraria, logran asemejar la forma en que la vida se nos presenta a nosotros los humanos: inteligible en ciertos aspectos, ininteligible en otros. Algo poco común son las narraciones en off integradas por los dos personajes principales. Aquí aparecen los amantes contando una misma historia, los términos que se me ocurren para denominar este recurso son confusos -¿diálogos focalizados?, ¿relato bifocalizado?-, posiblemente por la locura de la obra, por la imposibilidad de las palabras al tratar de describir de manera lógica las emociones.

Es cierto que esta cinta de 1.965 no es la primera en presentar un cine fragmentado, caótico -véase Un chien andalou de Luis Buñuel, o A ghost before breakfast de Hans Richter-, pero aquí encontramos un verdadero esfuerzo por conciliar una ficción con la realidad, y me atrevería a decir que difícilmente vuelto a lograr. Es verdad esta aproximación nunca será total, pero aquí la película se nos adelanta en reconocerlo. Ya lo dice Marianne: “Hazlo, pero que parezca real. No como en las películas”.

domingo, 7 de febrero de 2010

El cuento de Noel

El día de su vigésimo cumpleaños, mientras leía una traducción del Sutra Diamante que había encontrado por casualidad en uno de los vagones del Chatanooga-choo-choo, Ainhoa tropezó con uno de sus antiguos compañeros de colegio. Tras algunas palabras torpes pero espontáneas decidieron tomar un café juntos. La plática surgió endeble, pero luego se fue fortaleciendo sin alcanzar una estructura definida. Ainhoa no recuerda exactamente cómo hizo que Noel le confesara lo que le confesó. Se le hizo tarde, dejó pasar dos estaciones en el subte, pero alcanzó a entregar el trabajo a su profesora de historiografía oriental. Cuando estuvo de regreso a casa con unos amigos de la facultad, no pudo evitar contarles lo que su ex compañero le relató durante la tarde. Lo hizo de forma caótica, tal y como lo llevaba pensando el resto del día:


“No sé cómo explicarlo. Creo haber entendido, pero me parece una locura, si no es una enfermedad. Se trata de las voces, miles de voces. Mi voz, la tuya, la de él, son como distintos intrumentos, tienen sonidos distintos, tocan notas distintas con cada sílaba o palabra; pero para él no. Me dijo que ha sido así desde siempre. Las voces, para él, son iguales. Todas, iguales. No, no es una metáfora, es tal y como lo digo. Así me lo expresó. Dijo que mi voz era como la de él, y como la del mesero, y como la de todos. Que él escucha lo mismo, el mismo sonido de todas las bocas. Cerró los ojos y me pidió que dijera algo. Le repetí una frase del Sutra Diamante: , y me dijo, sin abrir los ojos, que había sido como escucharse a sí mismo. Y que si se concentraba en las mesas contiguas, podría oírme en la de la derecha, y en la de la izquierda, y que si lo llamaba por teléfono, para él, tras el auricular, yo sería la humanidad.”

miércoles, 3 de febrero de 2010

Escrituras y carne jugosa


The pillow book (1996) de Peter Greenaway presenta una historia un tanto compleja, con flujos y reflujos entre “las delicias de la carne y las delicias de la literatura” como dice uno de sus personajes. Nagiko, una chica obsesionada con la caligrafía, busca a su amante ideal, aquel que equilibre una gran capacidad amatoria y una buena forma de escribir. Impulsada desde pequeña por sus familiares decide escribir un libro de cabecera que recoja sus impresiones sobre diversos temas. Nagiko, después de muchas experiencias finalmente logra hacerlo, pero el editor -quien solicitaba favores sexuales a su padre a cambio de publicarle libros- a quien envía el libro, no desea publicarlo. Ella reconoce que no puede conquistar al editor, pero sí a su amante Jerome, a quien aparentemente usa para publicar su libro con el mismo editor que publicaba a su padre. Después, por ciertos conflictos, Jerome se suicida y Nagiko parece lamentar su muerte más de lo que se hubiera imaginado.

Además de ser una trama muy seductora, ésta es una película que aprovecha muy bien los recursos que la tecnología de edición brinda al discurso audiovisual. No debe sorprenderse el espectador de considerar esta una película un tanto fuera de lo común. El relato es totalmente peculiar, con sobreimposiciones en la mayoría de las escenas y con imposiciones de recuadros que crean una dualidad en el relato.

Otra característica importante es el impacto visual que genera la película. Esto se debe a una lograda composición entre cuerpos desnudos con escritos sobre la piel, la fotografía y los textos que encontramos en la escenografía.


Todos estos elementos mencionados generan una película que presenta una historia fluida -sin la linealidad tradicional-, con divagaciones audiovisuales entre lo erótico y lo caótico. Tal vez algunos dirán que es el típico cine europeo experimental, pero sólo aquellos que vean la película sabrán que ésta es una obra con tono propio, en el que predomina, como dijimos anteriormente, una fluidez sutil.