domingo, 7 de febrero de 2010

El cuento de Noel

El día de su vigésimo cumpleaños, mientras leía una traducción del Sutra Diamante que había encontrado por casualidad en uno de los vagones del Chatanooga-choo-choo, Ainhoa tropezó con uno de sus antiguos compañeros de colegio. Tras algunas palabras torpes pero espontáneas decidieron tomar un café juntos. La plática surgió endeble, pero luego se fue fortaleciendo sin alcanzar una estructura definida. Ainhoa no recuerda exactamente cómo hizo que Noel le confesara lo que le confesó. Se le hizo tarde, dejó pasar dos estaciones en el subte, pero alcanzó a entregar el trabajo a su profesora de historiografía oriental. Cuando estuvo de regreso a casa con unos amigos de la facultad, no pudo evitar contarles lo que su ex compañero le relató durante la tarde. Lo hizo de forma caótica, tal y como lo llevaba pensando el resto del día:


“No sé cómo explicarlo. Creo haber entendido, pero me parece una locura, si no es una enfermedad. Se trata de las voces, miles de voces. Mi voz, la tuya, la de él, son como distintos intrumentos, tienen sonidos distintos, tocan notas distintas con cada sílaba o palabra; pero para él no. Me dijo que ha sido así desde siempre. Las voces, para él, son iguales. Todas, iguales. No, no es una metáfora, es tal y como lo digo. Así me lo expresó. Dijo que mi voz era como la de él, y como la del mesero, y como la de todos. Que él escucha lo mismo, el mismo sonido de todas las bocas. Cerró los ojos y me pidió que dijera algo. Le repetí una frase del Sutra Diamante: , y me dijo, sin abrir los ojos, que había sido como escucharse a sí mismo. Y que si se concentraba en las mesas contiguas, podría oírme en la de la derecha, y en la de la izquierda, y que si lo llamaba por teléfono, para él, tras el auricular, yo sería la humanidad.”

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