martes, 9 de febrero de 2010

Diálogos con la emoción, la locura y la vida



La vida es matemática caótica. Es decir, sigue un patrón, un desarrollo hasta cierto punto ordenado, que desemboca -para algunos dolorosamente- en lo absurdo. Ahora, ¿es posible que alguna obra de arte logre imitar la vida? Tal vez no, pero Pierrot Le Fou se le aproxima.
¿Cómo? Fácil. Encontramos una simple historia. Dos personas que se aman, se reencuentran después de cinco años, cada uno encerrado en un tipo de vida que dejan para permanecer juntos. Al tratar de sobrevivir en esta nueva vida, cometen acciones ilícitas, su relación se transforman en una fuga. Finalmente aparecen: traición, decepción, fatalidad, el final de la película.

Obviamente todo lo que transmite la película es imposible de resumir en esta historia, incluso de materializar en palabras. Esto es porque la cinta presenta brotes emocionales de toda índole. Encontramos: tomas intermitentes que enfocan pinturas y dibujos animados; una canción reiterativa colocada en escenas tristes o no, que -y esto sólo lo podrán juzgar quienes la han escuchado- simboliza la fatalidad, su permanencia e insistencia en la obra -¿la vida?-; diálogos y monólogos con tintes poéticos -aunque tal vez sea el idioma el que haga aparentar esta característica-. Estos recursos, combinados o aislados, y colocados de manera, hasta cierto punto, arbitraria, logran asemejar la forma en que la vida se nos presenta a nosotros los humanos: inteligible en ciertos aspectos, ininteligible en otros. Algo poco común son las narraciones en off integradas por los dos personajes principales. Aquí aparecen los amantes contando una misma historia, los términos que se me ocurren para denominar este recurso son confusos -¿diálogos focalizados?, ¿relato bifocalizado?-, posiblemente por la locura de la obra, por la imposibilidad de las palabras al tratar de describir de manera lógica las emociones.

Es cierto que esta cinta de 1.965 no es la primera en presentar un cine fragmentado, caótico -véase Un chien andalou de Luis Buñuel, o A ghost before breakfast de Hans Richter-, pero aquí encontramos un verdadero esfuerzo por conciliar una ficción con la realidad, y me atrevería a decir que difícilmente vuelto a lograr. Es verdad esta aproximación nunca será total, pero aquí la película se nos adelanta en reconocerlo. Ya lo dice Marianne: “Hazlo, pero que parezca real. No como en las películas”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario